Mi maestra chocolatera


“Tu veux du chocolat fondu sur la glace?
– Oui!
– Tu m’aides à le préparer?
– D’accord!
– Alors, prends le chocolat noir et casses-le en petit morceau.
– Comme ça?
– Oui. Maintenant, tu le mets dans la petite casserole d’Amatxi. Je vais mettre un petit peu d’eau.
– J’allume le feu?
– Oui, mais fais attention.
– Ça y est! Et maintenant?
– On attend que le chocolat fonde. Tiens, la cuillère en bois pour remuer. Fais attention à ne pas te bruler avec la casserole.
– Non, non.
– Je vais prendre la crème fraîche dans le frigo.
– Le chocolat est complètement fondu. Je fais quoi?
– Continues de remuer. Moi, j’ajoute la crème fraîche. Ça y est! Amène ton bol, je vais te verser le chocolat dessus.”

Este es el recuerdo más preciado que tengo de mi tía Marie-Jo. Un miércoles por la tarde, cuando tenía 8 años y no tenía clase. Eran las 4 de la tarde. La hora de merendar. Me propuso echar chocolate fundido sobre dos bolas de helado de vainilla que, en aquel entonces, fabricaban mi padre y mi abuelo para el negocio familiar. Más que una merienda, este manjar solía ser la guinda sobre el pastel de una grande bouffe de seis platos, incluyendo de postre tarta y copa de helado. Y esa copa de helado con el chocolate fundido de mi tía era siempre una deliciosa tortura para el estómago saturado de una niña que comía poco. No tiene nada de misterioso: chocolate negro fundido, un poquito de agua para que no se pegue a la cazuela y un poco de crème fraîche. Así de sencillo. Pero, este sabor es único.

Al crecer, las cosas cambiaron y ya no se hacían esas comilonas a la vasca, sobre todo porque mis abuelos y tíos-abuelos ya eran mayores y no podían estar mucho tiempo de pie cocinando. Y, aunque se hacía de vez en cuando comidas en mi casa, la pereza nos hizo cambiar los pucheros por los restaurantes.

El chocolate no desapareció del todo, porque mi tía Marie-Jo era una verdadera entusiasta del chocolate. Cuando tocaba comida o cena en un restaurante de Hondarribia, lo primero que hacía era mirar los postres, y si leía brownie, tarta de chocolate, sopa de tres chocolates, lo que sea con chocolate, le hacía la misma pregunta retórica: “¿Tu vas prendre quoi, Marie-Jo?”. Me miraba, medio riéndose, y contestaba con su voz delicada: “Le gâteau au chocolat, bien sûr!”.

Si no eran postres, eran los bombones. Pariés, Léonidas, la Chocolaterie de Bayonne, Henriet… En Navidades o por cualquier festejo familiar, Marie-Jo nos regalaba bombones y champán. Y siempre me hizo mucha gracia cómo los comía. Acercaba la caja, se quedaba un momento mirándolos, cogía uno con dos dedos y se lo llevaba entero a la boca de un gesto elegante, sacando ligeramente la lengua, y lo saboreaba en silencio. Tras un momento charlando o escuchando la conversación con los brazos cruzados, miraba de nuevo la caja de bombones, se acercaba ligeramente para mirarlos y cogía otro, repitiendo el ritual. A veces, notaba que la estaba mirando y me lanzaba una sonrisa cómplice.

Pasaron así los años. La familia cambió. Algunos llegaron y muchos se marcharon. Pero las tradiciones culinarias se mantenían vivas. Y aunque me marchara de San Juan de Luz, siempre intentaba volver cuando tocaba una comida familiar. Cualquier excusa era buena para probar nuevos sitios y ver si había alguna tarta de chocolate en el menú para lanzar, una vez más, la pregunta retórica. Pero, de vez en cuando, me sorprendía con una respuesta diferente. “Non, cette fois, je change. Je vais prendre las torrijas”. ¡Ay, las torrijas! El otro gran amor dulce de mi tía.

Pero, hay veces en las que te cansas de ir al restaurante y te apetece volver a lo de antes. Este fue el caso de las Navidades pasadas, sobre todo para la comida de Año Nuevo. Mi tía Juanita nos invitó a comer a su casa en las Landas y retomamos las viejas costumbres. Una buena comida de varios platos, rematada con tarta y copa de helado. Y ahí estábamos, en la cocina, preparando el postre y repetimos ese momento preciado, veinte años más tarde: mi tía preparando su famoso chocolate fundido, mientras yo servía tres bolas de helado de pistacho, vainilla y caramelo con sal. Nuevos sabores, para nuevos tiempos, pero el placer era igual de delicioso que en mis recuerdos. Quién me iba a decir que ésta sería la última vez que probaría una copa de helado con chocolate fundido de Marie-Jo. ¡Menuda ironía de la vida!

Desde hace unas semanas, me siento huérfana. Pero, siempre que me llevaré a la boca un trozo de chocolate, recordaré a mi maestra chocolatera.

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