Sitios golosos de Pamplona: Beatriz y sus garroticos


Garrotes de chocolate de Beatriz, Pamplona

Aunque Pamplona sea la ciudad de los pinchos, del Juevintxo, de las cazuelicas y demás platos salados, rebuscando un poco por sus calles y guiada por los consejos golosos de algunos pamplonicas, he logrado encontrar sitios donde satisfacer mi necesidad de azúcar. El primero de ellos se merece una considerable atención y es la pastelería Beatriz y sus garroticos.

¿Qué es un garrote? La napolitana de toda la vida. Fue la primera palabra navarrica que aprendí recién llegada a la universidad. Recuerdo que mi profesor de Economía nos decía: “Es fácil reconocer a los estudiantes de fuera. En la cafetería piden una napolitana. Si queréis pasar desapercibido, tenéis que pedir un garrote”. Y me sucedió una cosa así la primera vez que fui al Faustino –cafetería de la Facultad de Comunicación de la UNAV– y que pedí una napolitana. El camarero no me dijo nada pero me miró un poco raro, la verdad. Así que al día siguiente, añadí el vocable garrote a mi vocabulario y se ha quedado desde entonces. Ahora, me pasa al revés. Fuera de Pamplona, cuando pido un garrote, la gente me mira como si fuera loca.

Pero volvamos a lo nuestro. La pastelería Beatriz se encuentra en la archiconocida calle Estafeta. No hace falta que os diga exactamente dónde porque el olor a bollo recién hecho y la larga cola que recorre la calle del Encierro son indicios suficientes para llegar a ella. Tanto que más de una vez, me he dejado embelesar por el olor y me he puesto en la cola, porque sí. La tienda no solo mantiene el aspecto de los antiguos ultramarinos, sino que no ha cambiando en años, a excepción de la reforma que hicieron en el interior hace un par de años. Pero antes del suelo revestido y de los estantes de acero inoxidable, entrar en la tienda era como volver al pasado.

Recuerdo la primera vez que probe los garrotes de Beatriz. Fue en tercero de carrera, en pleno mes de noviembre. Después de clase, nos fuimos con mi amiga Cris hasta lo viejo para hacer no sé qué –la memoria ya me falla–. Además de compartir nombre y profesión, Cris y yo compartimos la pasión por lo dulce y salieron en la conversación los garrotes de Beatriz. Ya me sonaban de una compañera de piso que me había hablado de ellos pero no sabía dónde estaba esta tienda. Cuando le dije a Cris que no los había probado, casi me da un Zas, en toda la boca e ipso facto nos fuimos hasta Estafeta a por media docena.

Garrotes de chocolate de Beatriz, Pamplona

Entre la lluvia, el frío y la oscuridad, no tenía ni idea de dónde estaba hasta oler ese dulce perfume a chocolate, hojaldre y bizcocho. Vi la luz. Bueno, la de la tienda. Y me quedé maravillada, embelesada por el escaparate, la gente, el ambiente. Así que nos pusimos en la cola. Tras un buen rato, por fin entramos y fue una cosa así. Imagínese un capítulo de Cuéntame, de esos del principio, o el flashback del inicio del anuncio de Wether’s Original. Pasamos la puerta de madera con ventanal que siempre está abierta para meternos como podíamos en la tienda. De un lado, los clientes que guardan silencio o cuchichean para decidir si coger medio kilo o un kilo de pastas. Intentas moverte como puedas hacia el mostrador de cristal, entre viejas que casi llegan a las manos porque les toca y el suelo de madera completamente destrozado por las pisadas de los expectantes y golosos clientes.

El ambiente atemporal, la mezcla de olores, colores, sabores que te vas imaginando en tu mente, todo ello envuelto en un halo de azúcar glace te hacen olvidar por completo lo pegotes de chocolate del delantal y las manos de la dependiente, las migas de bizcocho del suelo y las cajoneras de madera que amontonan kilos y kilos de pastas, cocadas, pieles de naranja con chocolate, magdalenas y tabletas de chocolate negro, blanco y con leche. Esa mezcla embriagadora es el paraíso de los niños, el nirvana de los adictos al azúcar. Por fin nos toca. Me dejo llevar por la sabiduría de Cris que nos pide seis garroticos de chocolate para llevar. ¿Sólo eso? Me habría llevado media tienda para casa y otra para comer de camino. Tras jugar de codos a grito de “perdón”, logramos salir de la tienda y volver al siglo XXI.

Garrotes de chocolate de Beatriz, Pamplona Garrotes de chocolate de Beatriz, Pamplona

Sin embargo, toca lo mejor y lo más difícil. Saborear el garrotico recién hecho sin marcharse. Misión imposible. Fue la primera vez desde que tenía 6 años que llenaba mis pantalones, mi cara y mis dedos de chocolate. Pero valió la pena. ¡Menuda delicia! Es imposible describir la experiencia. Lo único que puedo decir es que te tiene que gusta muuuuuuucho el chocolate. Nos comimos los tres garrotes correspondientes antes de acabar la calle Estafeta.

Desde entonces, me obsesioné con Beatriz. Cualquier excusa era válida para ir a comprar algo. “Es hora de merendar: ¿un garrote?”. “Tengo comida este finde: ¿unas pastas?”. “Salgo de una rueda de prensa y el olor me ha llamado”. “Me voy de Pamplona: una caja de garrotes para los compañeros, otra para mis padres, otra para mis tías, otra para la cena de despedida y media docena para el postre”…

Con el tiempo, mi adicción a los garrotes de Beatriz se ha calmado. Sobre todo porque ya no vivo en el centro de Pamplona y me da pereza ir hasta allá. Ahora tengo solo dos excusas: Cris viene a Pamplona y nos damos un buen homenaje remember ; o alguien me dice que no los conoce y dejo lo que estoy haciendo para hacer cola en medio de la Estafeta.

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