Tartas de fondant. Bonitas de ver, difíciles de tragar


Nunca he sido fan de las tartas de fondant, o como las llamo yo, las tartas americanas. Precisamente porque son americanas. No sé si habéis tenido la suerte de ir a Disney World en Florida –no el Disneylandia de París, el usamericano–. Pues los parques temáticos de la fábrica de sueños son preciosos, llenos de colores, de detalles que te hacen chiribitas los ojos. Pero ya sabes que todo es falso. La casa del sheriff está vacía por dentro, Mickey es un tío disfrazado, y el castillo de la Bella Durmiente es una réplica de un auténtica castillo de Baviera. Todo es bonito de ver, pero es un engaño. Y lo mismo sucede con la comida americana. La eterna reflexión de mi madre cuando recuerda aquel viaje es: “No me extraña que los americanos sean obesos, la comida no sabe a nada, no te sacias y sigues comiendo”. Y así anduvimos, sin parar de comer en cualquier rincón del parque. En otros viajes al resto del país de la libertad, sucedía lo mismo. Comes por comer y acabas como acabas.

Y las tartas americanas, tan de moda hoy en día, son lo que son: AMERICANAS. Bonitas, pero no saben a nada. Sin embargo, al hacerlas en Europa, yo misma pensé que, a lo mejor, estarían bien. Además de súper-cucas, sabrían bien. Con un bizcocho sabroso, una crema ligera y un rico chocolate. En el caso de los cupcakes, al quitar el buttermilk y usar sólo azúcar glace, la experiencia merecía la pena. Pero en el caso de las tartas de fondant… Es la excepción que confirma la regla.

Hace unas semanas, fue el cumpleaños de mi hermano. A mi cuñada también le encantan estas chorraditas y quiso sorprender a mi hermano con una tarta decorada, personalizada con helados –el dulce por definición de mi familia–. Tras encargarla, arruinarse y dejarse medio brazo llevando la tarta a casa, llegó el momento de verla y probarla. Bonita, era bonita. Era  una tarta con bizcocho y crema de dulce de leche recubierta de chocolate con un mega helado encima. Y todo hecho con 4 kilos de fondant.

Tarta de fondant de François

Autopsia de la tarta

Con la ilusión del momento y el misterio gustativo a punto de ser descubierto, mi hermano procedió a la disección de la tarta de cumpleaños. Disección, no. Excavación en la roca. Ya para sacar el helado de fondant, casi tuvieron que usar un serrucho. Era casi imposible sacarlo. Y para cortar ya, una obra de ingeniería. Primera decepción.

Ya cortada en trozos, se podía ver la tarta por dentro. Se componía de una capa de bizcocho de 4 cm, una capa de crema de dulce de leche de 2 cm y otra de bizcocho, recubierto de otra capa fina de crema y 3 cm de fondant –una capa amarilla y otra de chocolate en la parte superior. Nada especial. Segunda decepción.

Y tocaba probarla, ¡al fin! Lo que es cortar el fondant, el bizcocho y la crema es misión imposible. Así que la técnica optada fue comer lo de dentro y ya veremos lo que hacemos con el medio kilo de fondant en el plato. Os dije que la crema era de dulce de lecho, ¿no? Pues la tarta me sabía a crema de moka… Tercera decepción.

Fallos de la tarta.

En sí, la tarta estaba rica, pero cualquiera podría haberla hecho. En la repostería francesa, existe un tipo de bizcocho más ligero que se emplea para ese tipo de tartas con crema. Se llama génoise y se diferencia del bizcocho en que lleva solo clara de huevo montada. Es un bizcocho muy ligero y esponjoso, que requiero un poco de técnica. Asimismo, la capa de crema tendría que haber sido un poco más fina para hacer otra capa más, como en un layer cake. Y ya por último, las capas de fondant. Si se van a hacer varias, el espesor tiene que de milímetros. Claro está, cuanto más fino, más dexteridad y trabajo.

 Ahora entiendo porque en los programas de Divinity, los decoradores de tartas son gente de Bellas artes y de diseño gráfico. Necesitan un lienzo para crear, no es para comer.

La verdad que sólo he probado esa, y a lo mejor habrá alguna pastelería que hará esas tartas decoradas la mar de bien. Sin embargo, ¿no os habéis dado cuenta de que sólo las hacen tiendas especializadas en este tipo de repostería americana? Las pastelerías de toda la vida también las pueden hacer, ¿no? ¿Por qué será? Para mí, porque las tartas americanas anteponen la vista al gusto, mientras que un pastelero ante pone el sabor a la decoración –aunque vayan a la par–.

Moraleja: lo bonito puede ser engañoso. Si buscas sabor y calidad, encarga tu tarta a un repostero o a tu abuela.

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